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La residencia de pobres y locos donde Picasso pintó ‘Las señoritas de Avignon’ y nació el cubismo

Dentro hacía muchísimo calor en verano y el frío en invierno te dejaba casi sin movimiento. Era una antigua fábrica de pianos en la que su propietario, buscando aumentar su fortuna, dividido en pequeños y numerosos estudios para rentar a todo aquel que soñase con ser un artista en París y no tuviera ni para pagarse las pinturas. Estaba sucio, olía mal, sólo había un caño de agua, una letrina para la veintena de estudios y demasiada gente para tan poco espacio.

El Bateau Lavoir (nombre que se le ocurrió a Max Jacob al recordarle a las lavanderías flotantes que recorrían el río Sena) se encuentra en uno de los distritos de París, en el 18, que hasta no hace muchas décadas era un pueblo de las afueras de la ciudad. Allí, en Montmatre, en aquella residencia- taller llena de pintores, de colores, de ideas, de pasiones, de escritores y poemas se creó el primer cuadro cubista de la Historia y Picasso pasó de hombre a semidiós. Las señoritas de Avignon se pintaron en este lugar en 1907, tres años después de que Picasso llegase a la capital francesa con poco dinero, mucha angustia y cierto miedo.

Como él muchos antes y muchos después acudieron al número 13 de la calle Ravignan para hacer del arte una vida. El precio por vivir allí era el equivalente al sueldo de tres días de un obrero, un alquiler irrisorio para artistas que teniendo muy poco dinero preferían gastarselo en alcohol y mujeres que en comida o una cama decente.

El primero que llegó fue Maxime Maufra, en 1892, y el que más la visitaría sería Paul Gauguin. El postimpresionista, que murió un año antes de que Picasso se instalara en París, fue en gran parte el que dio fama al lugar entre los artistas más jóvenes y el que condicionó el arte de todos lo que vinieron después y que le veneraron más muerto que vivo.  

Porque no sólo Pablo Picasso se sintió atraído por este lugar, cuando é llegó allí ya estaban desde Juan Gris a Modigliani o Max Jacob. Todos los que años posteriores fueron grandes artistas o escritores fueron en algún momento parte de esta residencia y centro de reunión de los intelectuales que se reunían en torno a ideas, tragos y fiestas en los que crearon los movimientos de principios y mediados de siglo.

A él, a Picasso, le abrió la puerta Paco Durrio, el escultor vallisoletano que había encabezado a los españoles que llegaron en 1900, en una tanda conjunta con pintores italianos, y que aquel año abandonaba su catre por un lugar algo más decente.

En cuanto entró a vivir le cambió el color, los personajes y hasta el ánimo. El pintor malagueño llegó con la etapa azul sobre los hombros, un color que le había inundado tras el suicido de su amigo Casagemas. Pero al llegar al taller, que en aquel momento se llamaba La casa del trampero, el rosa lo llenó todo y los circenses le daban vueltas en la cabeza. También Fernande Oliver, su primera musa y la que vio cómo el rosa derivó en negro y las formas se triangularon.

‘Las señoritas de Avignon’. Pablo Picasso.

Aquel lugar fue el centro de la vanguardia artística y fue el germen de lo que estemos celebrando al pintor 50 años después de su muerte. Allí en 1907, ante la atenta mirada de Von Dongen, de Gris, de Jacob… Se exponen por primera vez Las señoritas de Avignon, el primer cuadro cubista y el que le transformó como artista.

Fue el momento en el que todo cambió. Ya no veremos cuadros como El entierro de Casagemas ni Mujer con mantilla negra, ya será, como dicen algunos, la competición por innovar, por la originalidad, por la genialidad lo que mueve al pintor y a todos los de la época.

Picasso dejó la residencia, a Fernande y al rosa y al negro por completo, en 1909 aunque conservaría un pequeño taller hasta 1912. Allí se quedaron muchos otros aunque la Primera Guerra Mundial desplazó el talento hacia Montparnasse dejando casi vacío aquel lugar de hongos, talento y, como diría Picasso, «enorme felicidad».

Porque allí no sólo estuvieron los que no podían sino los que ya lo tenían todo. Aparecían Guillaume Apollinaire, Georges Braque, Jean Cocteau, Henri Matisse o Gertrude Stein. Fue ella la que compró muchísima obra del malagueño ayudándole a salir un poco de aquella miseria.

A día de hoy solo queda la fachada porque el interior quedo completamente destruido durante los años 70 por un incendio. Justo un año antes lo habían declarado monumento histórico por todo lo que aportó a la cultura francesa, europea e internacional.

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