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Monty Python y Loretta oprimida

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Modernos curas multiculturales, archimillonarios en pedanteras y prejuicios, son, y que Loretta nos perdone, un verdadero coazo.

Cuando John Cleese, de los Monty Python, recuper ‘La vida de Brian’, que coescribi y coprotagoniz, para representarla en Broadway, un sanedrn de actores le ilustr sobre las virtudes de la tijera. Si quera estrenar antes deba fumigar la escena en la que Stan explicaba al resto de miembros del Frente Popular de Judea su deseo de tener hijos y Reg le replicaba que no puede, al carecer, pequeo detalle, de matriz. Dnde vas a gestar el feto? Lo vas a meter en un bal?. Cuando el grupo decreta que, si bien no puede parir, al menos tiene, oh, derecho, un smbolo de su lucha contra la opresin, ah, Reg, revolucionario, pero facha y heteropatriarcal, tran tran, sentencia: Es un smbolo de la lucha contra la realidad.

Claro que la realidad tiene derivas cunticas. Hasta el punto de que lo que entonces pareca una stira sobre las locas disquisiciones con faldas del asamblesmo, hoy, en triple cabriola mortal, ha sido santificado por quienes renunciaron a pelear por las cuestiones materiales para dedicarse a elucubrar sobre el lenguaje y a discutir sobre la identidad (y otros fetiches). Importaba, imagino, el que buena parte del programa poltico hubiera sido alcanzado con xito. Qu demonios resta? Cmo destacar en el mercado poltico, en sus relucientes supermercados? Para la izquierda reaccionaria, la nica presente en las instituciones, ‘mainstream’ pata negra, luchar contra la realidad supone el nico argumentode una obra agostada por la saturacin de charlatanes y el uso de chatarras posmodernas.

‘La vida de Brian’ suscit las iras del integrismo cristiano. Sali adelante, primero, por el dinero que apoquin el ex Beatle George Harrison, que hipotec su casa para que el rodaje siguiera vivo. Una vez estrenada, fue decisiva la incapacidad de los fanticos para postular las supersticiones propias (y sentimientos asociados), como argumento de autoridad frente a la libertad de expresin y el derecho a la ofensa. Aquellos capellanes (Arcadi Espada) murieron en la orilla porque la izquierda, y solo la izquierda, gozaba de la capacidad para sancionar las bondades de una causa equis. Un fenmeno evidente en pases como Espaa, tumefacto por 40 aos de dictadura, pero similar en democracias tan consolidadas como la estadounidense y la britnica: tambin all la izquierda, mi alegre progresa, contaba con el brillo del progreso, viento en las velas, que proporcionaba la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura.

La paradoja, al alcance de cualquier ‘woke’, es que en nombre de las minoras y otros parias, famlica legin, hemos sancionado mutilar una obra que haba sobrevivido a los embates de los ultras. A los aullidos de aquella ultraderecha, en Estados Unidos hoy formateada y fortificada en bastiones como la Fox, y agrupada tras la estela de un nacionalista como Donald Trump, debemos aadir la entusiasta aportacion del nuestros febriles capellanes de izquierda. Modernos curas multiculturales, archimillonarios en pedanteras y prejuicios.

Los Monty no pueden bromear sobre Stan porque el fruto de su vientre, metfora, resulta sagrado. Como todas las paridas sobre los que esta pobre gente proyecta su inagotable necesidad de nuevas religiones (y prohibiciones), coleccionistas de tabes y vocacionales adoradores de dioses mayores y menores, del Stan oprimido a la maldita realidad, que tanto aprieta. Son, y que Loretta nos perdone, un verdadero coazo.

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