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“El concepto de ciudad en la que hemos crecido es un disparate, debemos cambiarlo”

Es el arquitecto del donut de Valdebebas, del único edificio que terminó de construirse en lo que iba a ser la gran Ciudad de la Justicia de Madrid. Su nombre, como el de muchos otros, se relacionó con ese boom de la arquitectura emblemática que vivimos en España y que dejó solares vacíos y mucho dinero perdido.

Alejandro Zaera-Polo (Madrid, 1963) también es el arquitecto español que con tal sólo 31 años consiguió ganar un concurso para proyectar la Terminal de Pasajeros del Puerto de Yokohama, lo que le otorgó un reconocimiento internacional. El que, tras se nombrado decano de Princeton, fue expulsado por un supuesto plagio y que acabó publicando La Universidad de la posverdad, donde lanza una crítica durísima hacia a los nuevos modelos educativos y pone el foco en la necesidad de volver a creer en la ciencia y en la verdad única.

Su concepto de la arquitectura ha evolucionado con los años. Cree en la sostenibilidad como meta absoluta, quiere edificios verdes y ciudades altas y sin coches. Ve en la sinergia de lo artificial con lo natural el modelo necesario y el concepto obligatorio para continuar habitando el planeta.

Pregunta.- Es el arquitecto del único edificio que se levantó en la Ciudad de la Justicia de Madrid aunque se fue del proyecto meses antes de terminarlo.

Respuesta.- Nosotros fuimos los primeros que ganamos el concurso y fuimos los más rápidos en empezar a construir con un precio muy bajo, unos 940 euros por metro cuadrado, que por aquel entonces valía para hacer oficinas baratas y esto era un Instituto de Medicina Legal con instalaciones de gases, cámaras frigoríficas…

Antes en España ya se sabía lo que pasaba, los políticos ofertaban unos precios que eran irreales para sacar los proyectos adelante y luego se reformaban y se subían. En ese concurso entré con una contrata y todos sabíamos que íbamos a aumentar el presupuesto porque con eso no llegábamos.

Lo curioso es que a medida que íbamos haciendo el proyecto iban ganando otros concursos para la Ciudad de la Justicia otros arquitectos como Foster o Zaha Hadid… y entonces nos llegó información de que esos proyectos se firmaban a 3.600 euros el metro cuadrado. O sea, me parece estupendo porque creo que al final la arquitectura es baratísima incluso pagando 3.600 euros el metro cuadrado ya que lo pagas por un edificio que va a estar ahí 60 años. Pero no podía ser así para unos edificios y no para otros.

P.- ¿Al firmar ya sabíais que con ese dinero no ibais a poder hacerlo?

R.- Sí, sí. Los arquitectos siempre somos cómplices de estas cosas, a diferencia de un pintor, un escultor… que ellos lo pueden hacer todo. Pero un arquitecto trabaja con cantidades de dinero tan importantes que se convierte en un artista político porque necesita al poder. Ahí puedes decir que lo he hecho mal pero era el sistema y estábamos todos dentro del sistema.

Nosotros pedimos subirlo, si no recuerdo mal, a 1.500, un 53% más, pero cuando lo teníamos todo más o menos pactado es cuando a Alfredo Prada, que era el que llevaba esto, lo defenestraron en el congreso del PP porque estaba enfrentado a Esperanza Aguirre y apareció ese que está ahora en la cárcel y claro…. [Ese es Francisco Granados].

P.- No pintaba bien la cosa, ¿no?

R.- (Ríe) No… Ya habían decidido que había que quitarse esto de encima, la Ciudad de la Justicia. Los de la contrata me dijeron que a la mujer de este tipo le había quemado el coche. Pero bueno, al final este señor decidió que iba a eliminar el proyecto, por lo que el cambio en el presupuesto que habíamos pactado ya no valía para nada. Entonces nos dijeron que ya no nos iban a dar más dinero, que iban a acabar el edificio como pudiesen y que el resto de edificios no se iban a construir. Fue cuando me fui, claro.

Pero ese tipo de proyectos eran bastante comunes, hubo tal nivel de desmadre… Ahora los políticos han empezado a controlar mucho más los procesos. También te digo, hay clientes buenos y clientes malos y desgraciadamente la Ciudad de la Justicia era un desastre. No sabían lo que estaban haciendo y eran precios políticos. Pero sí, nosotros podíamos haber dicho que no se podía hacer así.

P.- En la Ciudad de la Justicia que quiere hacer Isabel Díaz Ayuso se habla de 1.200 euros el metro cuadrado y ya nadie menciona a estrellas de la arquitectura.

R.- No sé cómo están los precios en Madrid y no sabemos ni dónde están las cosas después del Covid pero 1.200 euros metro cuadrado para un edificio de oficinas básico en aquel entonces funcionaba pero hablamos de algo barato y básico no de un Instituto de Medicina Legal con laboratorios, etc…

Sigo pensando que el proyecto que había de la Ciudad de la Justicia era un proyecto bueno, un proyecto interesante y creo que la Comunidad de Madrid tiene que tener un proyecto emblemático, algo atractivo.

Si al final la Ciudad de la Justicia es un conjunto de edificios de oficinas mediocres, la gente lo verá mediocre. La sensación que tienes cuando vas a un edificio importante, como el Banco de España, es que es un edificio estupendo y la gente entra y siente que ahí pasa algo, que es una institución respetable y que está bien representada. Eso hace que el público se sienta parte de la ciudad, de la sociedad y es un efecto importantísimo de la arquitectura que no se puede ignorar.

No sé cómo quedará si se hace pero es una lástima que por ese fracaso vayan a hacer ahora unos edificios cutres. El proyecto original era especial y significativo, todos los edificios redondos… y era un sitio interesante. Probablemente ahora si se hace sufrirá el efecto de la antigua Ciudad de la Justicia pero es una lastima perder ese punto de ambición que es lo que distingue una ciudad de otra.

P.- ¿El fracasado ‘boom’ arquitectónico español se vivió en otros países de la misma manera?

R.- No, en España fue extremo. Y produjo muchas barbaridades pero también ayudó a crear esa conciencia pública de que está muy bien tener edificios emblemáticos y buenos en las ciudades porque hacen la ciudad, el espacio público. Nos ayudan a que una cultura y una sociedad funcione de una forma mucho más eficaz que la arquitectura mediocre.

Se ha dedicado el dinero a construir tonterías y eso es lo que ha generado una cierta reticencia en relación con la profesión y es absolutamente merecida»

ALEJANDRO ZAERA-POLO

Creo que es bueno que el público entienda que hay arquitectura de calidad y de menos calidad. Todos esos proyectos estrella que tanto se han criticado y que han generado tantos disparates también han acelerado una conciencia pública de que la arquitectura es un valor añadido importante. Cuando uno va al Aeropuerto de Barajas, que es un edificio fantástico, no piensa en cuánto ha costado sino que lo usa y se da cuenta de su importancia y de que es un lugar súper rentable porque funciona.

La arquitectura es cara pero sale barata porque el nivel de servicios y el efecto que tiene un edificio bueno es brutal. Pero claro, luego están los disparates que se han hecho, se ha dedicado el dinero a construir tonterías y eso es lo que ha generado una cierta reticencia en relación con la profesión y es absolutamente merecida.

P.- Fue decano de Princeton y le acabaron echando. Su historia la cuenta en un libro que no debió sentar muy bien en la institución.

R.- En 2012 me fui a América porque me ofrecieron ser decano de la escuela de arquitectura y duré dos años. Trabajaba con un grupo de alumnos y me ofrecieron ir a participar a la Bienal de Venecia y creamos un discurso que era como una exposición pública, muy ágil, fácil… Pues me acusaron de plagio.

Fue un alumno al que eché de la investigación porque no hacía nada y se dedicó a recoger lo que sus compañeros no habían purgado, era cuando acaba de salir Wikipedia y había unas definiciones técnicas que no estaban citadas y me denunció a la universidad. Yo acepté la responsabilidad y me parecía todo tan tonto… era definiciones técnicas que era imposible no ponerlas igual. Desde entonces el presidente me dijo que tenía que dejar de ser decano y quedarme sólo como profesor.

A partir de ahí empezaron todo tipo de broncas y como ellos habían sido más papistas que el Papa, yo me dediqué a guardar todas las cosas que estaban haciendo y se inició un proceso en el que yo protestaba por cosas que estaban ocurriendo y me negaba a ser parte de ciertos procesos hasta que me echaron. Entonces escribí un libro contando, básicamente, todo lo que pasó.

P.- En el libro dices: «Cada uno tiene una verdad y resulta que todas son verdaderas».

R.- Personalmente creo que solamente existe una verdad. Una cosa es que la hayamos llegado a poseer o que lleguemos a ella algún día pero nos podemos aproximar. Pero no podemos educar a las futuras generaciones sin interés en aproximarse a la verdad y hoy no hay ningún tipo de reparo en pensar que la realidad es una construcción de narrativas.

En el fondo el libro es una teorización sobre dónde estamos por esta falta de creencia en la verdad y por la utilización de las políticas de la identidad, de la raza, del género, del postcolonialismo… De todas estas historias que ahora mismo están a tope y en América son más virulentas que en otros países y que son falsas.

A mí me presentaban un proyecto que no tenía ni pies ni cabeza a nivel técnico, ni las mínimas condiciones de inteligencia técnica, y me daba igual que el discurso fuera interesantísimo

La escuela de Princeton es la escuela con la mayor producción posmoderna dentro de la arquitectura en todo el mundo y eso fue casi un punto de fricción desde el principio entre muchos de los miembros de la facultad y yo porque básicamente ellos provienen de una disciplina posmoderna que lo que hace es negar que haya una única verdad y yo soy más un técnico cientificista. Entonces, claro, a mí me presentaban un proyecto que no tenía ni pies ni cabeza a nivel técnico, ni las mínimas condiciones de inteligencia técnica, y me daba igual que el discurso fuera interesantísimo o que fuera sobre la descolonización de nosequé o lo que sea de la raza, no era bueno y punto. Yo lo que pedía eran datos científicos.

En las escuelas de arquitectura lo que se ha estado enseñando en las últimas décadas es el «a ver que se te ocurre», «mira a ver cómo puedes ser distinto, más original». Philip Johnson, el padre del movimiento posmoderno, dice que él lo hace diferente, que lo importante es que tú lo hagas diferente, que tú tienes tu verdad, tu narrativa y tu discurso y es interesante y original solo por ser tuyo. Pues maravilloso, así es cómo hemos llegado a una situación terrible.

P.- ¿Cuándo se produce este cambio en la Universidad?

R.- Desde los años 70, con la caída del movimiento moderno empezaron estas teorías que han minado el valor de la verdad que culturalmente ya no vale nada. Ahora cada cual tiene su grupo de gente con la que se comunica y hay una especie de fragmentación de la realidad. Esto es lo que ha llevado a Trump a Estados Unidos, a Johnson al Brexit y lo que ha llevado a Putin a decir que está cazando nazis en Ucrania. Se están construyendo estos grupos de verdad, estas identidades y electoralmente son muy fuertes.

Que alguien me diga que es mujer o es hombre cuando su ADN dice lo contrario… Pues me parece un disparate

alejandro zaera-polo

Mira ahora con la autodeterminación de género. Es un ejemplo que me gusta contar porque tiene que ver también con una cuestión científica y es que los humanos estamos genéticamente determinados en dos grupos y luego podemos tener los comportamientos que queramos. No tengo nada en contra de esos señores y señoras que se sienten de otra manera pero que alguien me diga que es mujer o es hombre cuando su ADN dice lo contrario… Pues me parece un disparate porque hay una base física, material y comprobable científicamente que coloca a un individuo en una categoría y no en otra y esa idea de la realidad como una cosa que te inventas, como un discurso, yo ahora soy mujer y tú eres hombre, en el fondo son cosas científicamente absurdas.

Mira lo que pasa con J.K. Rowling o tantos otros. Esta gente ha sido apartada, les quitan premios… por decir una cosa que es materialmente demostrable. Uso el tema de la autodeterminación de género como un ejemplo de que vivimos en una cultura que está construida a base de narrativas para generar grupos de identidad pero también podría hablar del calentamiento global. Hay gente que dice que no existe y es algo que puedes comprobar científicamente. Seguir negando esto porque yo lo digo o lo dicen mis amigos es lo que no puede ser, hay que pedir que vuelva la prudencia y la verdad.

Por ejemplo, en Estados Unidos mucha gente lo niega porque tiene que justificar su forma de vivir. Viven en suburbios a los que solo se puede ir en coche, consumen de cierta manera… Las ciudades densas son más sostenibles que las ciudades extensas, el suburbio americano es un disparate.

Lo que más consume energía en una ciudad es el transporte, lo que consume un coche en un día puedes climatizar una vivienda una semana. En realidad ese medio de transporte individual y con cuatro ruedas de acero es terrible. Ahora tendremos que volver a montar en bicicleta o en patinete eléctrico. La cantidad de energía que estamos utilizando para movernos por la ciudad es definitivamente más pequeña si no usamos el coche y eso tiene que ser parte de cómo se conciben las ciudades del futuro cercano.

P.- Hablando hace unos cinco años de sostenibilidad aseguró que la arquitectura del futuro estaría fusionada con la naturaleza, que nos costaría incluso ver lo artificial.

R.- Eso fue antes de la pandemia, mi percepción ha cambiado desde entonces pero sí que creo que en las últimas décadas hemos asistido a un proceso en el que en el mundo cada vez hay una mayor intervención entre ambas esferas, la esfera de lo natural y la esfera de lo artificial.

Cada vez va a ser más común que incluso los medios artificiales por excelencia, como las ciudades, sean pensadas dentro de una esfera mayor, natural, la del planeta. La ecología es una de los factores que va a intensificar esa relación entre lo que construimos artificialmente y lo que existe ya sobre la superficie del planeta, esa costra de vida y materia viva en la que cada vez las ciudades van a tener que estar más en contacto por lo que el trabajo de los arquitectos cada vez va a tener más relación con ese medio natural.

P.- ¿Cómo?

R.- Con fachadas verdes, cubiertas verdes, una integración mayor de la materia viva y la materia artificial. Por ejemplo, yo construyo mucho en madera lo que hace que los edificios en lugar de producir carbón lo están almacenando. Hay que entrar también en los ciclos del agua, las ciudades están construidas para sacar el agua lo antes posible. La ciudad actual evacua el agua rápidamente y vamos a tener que detenerlo para humidificar el ambiente y recuperar los ciclos hidrológicos que existen también en las ciudades aunque están completamente alterados.

Creo que esa reintegración de los ciclos hidrológicos, de los ciclos del carbono, de los ciclos del nitrógeno, de las materias naturales en la propia fábrica de la arquitectura cada vez va a ser más frecuente y más importante. De hecho, creo que se tiene que convertir finalmente en el medio en el que la arquitectura tiene que operar, no excluyendo la naturaleza sino lo contrario, integrando.

P.- Pero hablamos de ciudades construidas de cero porque esto es difícil aplicarlo a las actuales, ¿no?

Las ciudades deben poner pavimentos permeables que absorban el agua y que la devuelvan al acuífero tienen que usar el sol se utilice también como energía… Esos procesos tienen que ser cada vez más importantes

zaera-polo

R.- No del todo. Obviamente en las ciudades nuevas las posibilidades son mucho mayores pero se pueden integrar en las antiguas como por ejemplo quitar el asfalto, poner pavimentos permeables que absorban el agua y que la devuelvan al acuífero, que el agua se retenga en las fachadas, en las cubiertas, que el sol se utilice también como energía… Creo que todos esos procesos tienen que ser cada vez más importantes, no solo en las ciudades del futuro sino en la regeneración de las ciudades del presente. Vamos, simplemente plantando más árboles, haciendo cubiertas verdes… ahora mismo hay un montón de iniciativas en grandes ciudades: Milán, Nueva York, Londres… En Madrid supongo que habrá gente pensando en incrementar la población de árboles porque limpian el aire, producen oxígeno.

P.- Uno de sus proyectos más sostenibles lo ha hecho en León para el creador de Coronita, es como arquitectura camuflada.

R.- En Cerezales del Condado, sí. Se trata de la fundación de Antonio Fernández, un inmigrante que se fue a México y que consiguió ser el jefe del grupo Modelo y luego crear Coronita y que murió durante la construcción del edificio.

Algunos de los experimentos más importantes que hay ahora mismo a nivel mundial son los de integrar la agricultura en las ciudades

Está construido en madera en un pueblo muy pequeño, tiene 21 habitantes, y es el legado cultural de este hombre que se lo cedió al pueblo donde había nacido. Viven allí y trabajan allí y se dedican al estudio del medio, no solamente del medio rural local, sino también una cantidad de programas importante de gestión del agua con drones, sensores, todo lo que estamos hablando de la integración de lo artificial en lo natural ellos se encargan de estudiarlo.

También, el tema de la agricultura. Todo lo que hemos visto ahora con el covid y la guerra de Ucrania del desmantelamiento de los sistemas de abastecimiento nos ha hecho darnos cuenta de que la idea de que podemos traer los aguacates de México y que todo se soluciona a base de transporte no funciona. De hecho, algunos de los experimentos más importantes que hay ahora mismo a nivel mundial son los de integrar la agricultura en las ciudades. Obviamente una ciudad como Madrid no puede generar en suelo urbano una agricultura suficiente para mantener a la población pero hay que llegar a unas cuotas de seguridad alimentaria que garanticen que hay abastecimiento local. Estamos muy lejos pero estamos empezando.

P.- ¿Ha fracasado la globalización en ese aspecto?

R.- Una de las cosas que hemos aprendido en los últimos años es que esas cadenas de abastecimiento global no funcionan. En ese aspecto la globalización ha fracasado, sí. Soy un globalista convencido y creo que debemos seguir manteniendo una visión global a toda costa, a nivel político, autonómico, cultural….

Hay una cosa en la que todos estamos implicados que es la tierra, una entidad global. El carbono que se emite en China afecta al resto del mundo y lo mismo sucede con el carbono que se emite en Estados Unidos. Por tanto mientras que no le demos una vuelta a la vuelta de abastecimiento locales… la perspectiva debe seguir siendo global. «Piensa globalmente, actúa localmente», es una máxima que ahora se ha vuelto a poner de moda y creo que es importante.

P.- También en 2017, antes de la pandemia, hablaba de la importancia de depurar el aire en las ciudades para evitar enfermedades y de la creación de nuevas tecnologías que lo iban a permitir de una manera más o menos sencilla.

R.- Una de las cosas en las que he estado trabajando, y se lo debo a mi socia que es arquitecta científica y trabaja el aire, es la de lanzarme a una investigación que al final terminamos sintetizando en una vuelta a los elementos. Volver a pensar sobre el aire, el agua, el fuego y la tierra; los cuatro elementos cosmogónicos arcaicos.

Creo que de las cosas que hemos estado pensando más es en cómo reorganizar el agua, cómo reorganizar el aire… La idea de que los edificios están mal gestionados, que climatizar un edificio totalmente cerrado cuesta seis veces más que hacerlo con radiación y con ventilación natural a base de chimeneas u otros mecanismos que sabemos como utilizar e integrar.

Hay cosas en las que hemos crecido como la idea de la ciudad con el aire acondicionado, los coches, las autopistas y es un verdadero disparate y hay que desmontarlo.

Los edificios van a tener que dejar de ser como habían sido concebidos desde los años 50 que es cuando se entiende que los edificios deben ser sellados, las ventanas no se abren y hay una máquina que coge el aire, lo trata, lo calienta, lo enfría, y lo sirve al interior y luego lo extrae y los saca. Creo que eso es una burrada igual que es una burrada que cada vez que nos traslademos por la ciudad movamos una tonelada de acero quemando combustibles fósiles. Hay cosas en las que hemos crecido como la idea de la ciudad con el aire acondicionado, los coches, las autopistas y es un verdadero disparate y hay que desmontarlo.

P.- Por lo que dices hay que desmontarlo todo, no es fácil ni rápido.

R.- No es fácil pero es mucho más fácil de lo que se piensa. O sea, implica un coste añadido, aislar los edificios, funcionar a base de mecanismos de radiación, de mecanismos de ventilación natural, recoger el agua y llevarla al acuífero… Una serie de cosas que son casi como si tuviéramos que reinventar la cosmogonía arcaica. Pero la idea de la ciudad que hemos conocido es una idea absolutamente equivocada que tenemos que ir cambiando, no se puede cambiar de golpe pero hay cosas que se pueden ir haciendo y por ejemplo en edificios de nueva planta eso se puede hacer muy fácilmente y a un precio no excesivamente superior.

P.- También tiene que producirse un cambio de mentalidad en los ciudadanos a no ser que lo impongas por ley.

R.- Sí, sí, tiene que estar dictado por ley. Las leyes cada vez tienen que ser más restrictivas, las emisiones de carbón, la fábrica del edificio, el tratamiento de aire, el del agua… eso tiene que cambiar y cambiará.

Los arquitectos también inventamos los edificios cerrados, con ventilación artificial y de acero y hormigón; se lo vendimos a todo el mundo y todo el mundo terminó comprándolo.

P.- Se hizo conocido como arquitecto al ganar el concurso para proyectar la Terminal de Pasajeros del Puerto de Yokohama con tan sólo 31 años, aquel edificio sí es de acero y hormigón. ¿Cómo ha cambiado su concepto de la arquitectura desde entonces?

R.- Pues completamente. Cuando hice en 1995 el puerto era acero y hormigón aunque tengo que decir que con una cubierta de madera, es decir, de alguna manera siempre los materiales naturales me han interesado pero en aquel momento no era consciente de nada de lo que estábamos hablando y que ahora me interesa.

Me interesa también de una forma egoísta porque es una oportunidad fantástica para los arquitectos, para repensar cómo deben ser los edificios del futuro, como hay que construirlos, como hay que diseñar las fachadas… Hay un campo fantástico que nos va a devolver a una especie de arquitectura vernácula, artificialmente vernácula. Hay procesos que antes no teníamos y ahora sí tenemos y que nos permiten, por ejemplo, saber cómo funciona el aire en una ciudad o en un edificio algo que hace veinte años no podíamos hacer o las hacían sólo en la NASA. Ahora, un arquitecto tiene cámaras que enfocan un edificio y te dicen qué cantidad de calor desprende y es una tecnología baratísima y que nos permite repensar cómo se diseñan los edificios y las ciudades para que sean más capaces de integrarse en ese concepto global que es el planeta.

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