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Todo lo que no sabías de Eugenia de Montijo, la mujer de Napoleón III a la que odiaban los franceses

Nada más llegar al poder tras casarse con Napoleón III, Eugenia de Montijo donó a la caridad los 600.000 francos del regalo de bodas para joyas que le hizo París. Fundó hospitales, asilos y orfanatos. Promovió, además, la causa de los derechos de las mujeres a la educación universitaria. Y todo esto mientras los franceses observaban con recelo a la granadina. Para ellos era una extranjera a la que apodaron «la española». De hecho, nunca llegaron a aceptarla.

Culta, inteligente, educada y atractiva. Eugenia de Palafox y Portocarrero, más conocida como Eugenia de Montijo por uno de los títulos nobiliarios de su padre, nació en Granada el 5 de mayo de 1826. Era hija de Cipriano de Palafox y Portocarrero, XIII duque de Peñaranda y conde de Teba y Montijo, y de María Manuela Kirkpatrick de Closeburn y de Grevignée, descendiente de un noble escocés que se había exiliado en España y que hizo fortuna con el comercio de vino en Jerez de la Frontera.

De Granada se fue a París donde su madre hizo todo lo posible para que sus dos hijas se codearan con la alta sociedad francesa. Precisamente esa obsesión que tenía su madre por la vida lujosa y la necesidad de casar tanto a su hija Paca como a Eugenia le molestaba a esta última.

Cuando Napoleón III le preguntó a Eugenia de Montijo cuál era el camino para llegar a su alcoba, ella le respondió: «Por la capilla, señor, por la capilla»

No aguantaba el comportamiento de su madre y, en cambio, a Eugenia le encantaba pasar tiempo con su padre montando a caballo. Cuando este murió el 15 de marzo de 1839, las tres mujeres volvieron a España, aunque la pequeña tampoco acabó de encontrar su lugar. En su país natal se enamoró de Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba y de Berwick, pero su madre se interpuso en su camino e hizo que el joven contrajese matrimonio con su otra hija, Paca. Este rechazo provocó que Eugenia decidiera envenenarse e incluso se planteó tomar los hábitos, aunque finalmente no lo llevó a cabo.

Fue en septiembre de 1852 cuando Eugenia volvió con su madre a Francia. Ese viaje de vuelta cambió su vida y acabaría convirtiéndose en la última emperatriz del país. En una recepción en el Palacio del Elíseo, durante una de las fiestas de la alta aristocracia a las que solía acudir, la joven conoció a Napoleón III, el cual quedó prendado de ella, de su atractivo y de su inteligencia. Él insistió mucho, pero Eugenia se hizo de rogar. Al parecer, cuando le preguntó a la joven cuál era el camino para llegar a su alcoba, Eugenia de Montijo le respondió: «Por la capilla, señor, por la capilla».

Y así lo hicieron. El 30 de enero de 1853, Eugenia de Montijo se convirtió en emperatriz tras casarse con Luis Napoleón. La ceremonia se celebró en la catedral de Notre-Dame de París. Ella tenía 26 años, él 45.

En un momento de censura, la emperatriz defendió la cultura y el arte, y protegió a escritores y periodistas

El pueblo no aceptaba a la que consideraban una extranjera y no veían con buenos ojos que contrajeran matrimonio. Por eso, Napoleón III se excusó cuando anunció su boda: «He preferido a una mujer a la que amo y respeto a una mujer desconocida cuya alianza habría supuesto ventajas unidas a sacrificios. Sin demostrar desaprecio por nadie, cedo ante mi inclinación, no sin haber sopesado antes mi razón y mis convicciones. Al poner la independencia, las cualidades del corazón y la felicidad familiar por encima de los prejuicios dinastismos no seré menos fuerte, ya que seré mas libre». En realidad, su marido le puso los cuernos en varias ocasiones, lo que no le hacía mucha gracia a Eugenia.

Cuando esta llegó al poder, apoyó la investigación de Lois Pasteur, uno de los mejores químicos de la época. Durante el Segundo Imperio francés (1852-1870), en un momento en el que el campo de las artes y las letras estaba censurado, la emperatriz defendió la cultura y el arte, protegió a escritores y periodistas, y los invitó a sus residencias. Admiraba a María Antonieta y se convirtió como ella en un icono de la moda, legado que perdura hasta el día de hoy y ha servido de inspiración para muchos diseñadores.

Tras sufrir varios abortos, en 1856 nació Napoleón Eugenio Luis Bonaparte, su único hijo. Si ya de por sí los franceses no estaban contentos con la nueva emperatriz, que gastara tanto dinero en ropa y joyas no gustó a la ciudadanía, a lo que ella respondió: «Me han acusado de frívola y de amar demasiado la ropa, pero es absurdo; eso equivale a no darse cuenta del papel que debe desempeñar una soberana, que es como el de una actriz. ¡La ropa forma parte de ese papel!».

Eugenia decidió tomar parte activa en la política. No fue para menos, ya que tuvo que desempeñar el cargo de regente en tres ocasiones. La emperatriz fue parte fundamental en la construcción del Canal de Suez, y asistió a su inauguración el 17 de noviembre de 1869 como el más alto representante de Francia.

En 1870, cuando finalizó la guerra franco-prusiana, capturaron al ejército francés junto a Napoleón III. Fue entonces cuando Eugenia de Montijo huyó a Inglaterra con su hijo. El emperador murió poco después, tras volver de ser prisionero por las tropas prusianas en Alemania.

A esa muerte, a Eugenia se le sumó la pérdida de su hijo el príncipe, que murió durante la segunda guerra anglo-zulú en junio de 1879. Desde entonces, ya no volvió a ser la misma. Se pasó el resto de su vida entre Inglaterra y España, con muchas visitas al Palacio de Liria en Madrid, donde murió el 11 de julio de 1920 con 94 años.

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