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Bob Dylan vuelve al último disco que cambió su vida

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La reedición ampliada de ‘Time out of mind’ nos lleva a 1997, cuando Dylan encaró sin anestesias los preludios de la vejez y la inminencia de la muerte

Bob Dylan lanza la colección especial ‘Fragments’.MUNDO

En 1997 Bob Dylan publicó Time out of mind, una colección de canciones cortadas a soplete. Filigranas desprovistas de artificio, con un pie en el blues rural de Mississippi y el urbano de Chicago y otro en el rock and roll más pegajoso, el gospel añejo y el country esquelético. Lejos de sonar convencional aquello era gloria bendita. Coproducido por Daniel Lanois, vanguardista cerebro detrás de algunos de los grandes discos de U2, Emmylou Harris y los Neville Brothers, con Time out of mind Dylan encaraba sin anestesias los preludios de la vejez y la inminencia de la muerte.

El disco reaparece cuando Dylan prepara una larga gira por España. El cantautor ofrecerá 12 conciertos durante el mes de junio, cuyas entradas salen a la venta este miércoles 15.

Time out of mind‘ se consagró en los Grammy, restauró la relevancia cultural y mediática de su autor e inauguró un renacimiento que ya cumple 25 años con gemas como Love & theft (2001), Modern times (2005) o Rough and rowdy ways (2020). De todos los abuelos de la era rock, ninguno, con la excepción de Leonard Cohen, ha protagonizado un (pen)último eslalon tan valioso, nutrido por la crónica incapacidad dylanita para someterse al guion, a cualquier guion.

Pero no todo fueron brindis. A Dylan le fastidiaba el sonido, de un cubismo pantanoso, cocinado por Lanois. De ahí que en la caja que recupera Time out of mind, titulada Fragments, abre con una despojada remezcla del disco. Al nuevo Time out of mind le sigue una avalancha de tomas alternativas, canciones inéditas y actuaciones en directo. Un festín que deslumbrará tanto a los muy cafeteros como a los primerizos. Esto es más, mucho más que un cofre repleto de simpáticas curiosidades. Fragments, capítulo número 17 de las Bootleg series, ofrece la panorámica completa de un viaje alucinante, con el gran compositor decidido a reencontrar su musa. Un total de cinco CDs, 60 canciones, para perderse.

De Time out of mind sabíamos que Dylan arrancó a escribir en su granja de Minnesota, poco después de la muerte de su amigo Jerry Garcia, de Grateful Dead. Que él mismo estuvo a punto de “encontrarse con Elvis”, por culpa de una pericarditis, pocas semanas antes de la publicación del disco. De forma inevitable las críticas hincharon los párrafos, abusaron de las esdrújulas y discursearon sobre la eternidad. Pero Dylan no hablaba tanto de su final como del de cualquiera. Bob Dylan y Daniel Lanois ya habían colaborado en el gelatinoso y nocturno Oh mercy (1988), primer conato de renacimiento tras unos 80 erráticos. En 1997, cuando entraron a grabar Time out of mind, parecían dispuestos a comerse el mundo. Aunque Bob sugirió emular las técnicas de “corta-pega” de Beck para revisitar el libreto del blues, tardó poco en cansarse. Nada más alejado de su filosofía que los juegos de mesa de mezclas, los loops y las pistas pregrabadas.

Time out of mind fue cocinado en dos estudios. Primero en Teatro, propiedad de Lanois en la Costa Este. Un antiguo local de burlesque sito en Oxnard, 45 kilómetros al norte de la casa Dylan en Malibú. Lanois y Dylan, acompañados por el batería Tony Mangurian, discípulo de Philip Glass y colaborador de Basquiat, y el bajista Tony Garnier, mano derecha de la banda de Bob en directo, más el ingeniero de sonido Mark Howard, grabaron el chasis de las primeras canciones. También recrearon tonadas antiguas, como el clásico del folk escocés, The water is wide: una interpretación sublime, que Dylan ya cantaba en directo en 1975, acompañado por Joan Baez, y que aquí reimagina en una interpretación con los pies anclados a la tierra.

También hubo un primer intento de atrapar Red river shore, elusiva balada de amor con ecos a Sam Peckinpah y Jesucristo en el desierto de Sonora, y Dreamin’ of you, de la que años después, en 2008, conoceríamos una palpitante versión que mereció un video protagonizado por el actor Harry Dean Stanton. Ninguna de estas tres canciones, que justifican por sí mismas el precio de admisión, acabaría en el repertorio final de Time out of mind.

El equipo se trasladó a la Costa Este. En enero de 1997 empezaron a grabar en los Criteria. Un estudio como un portaaviones, con una historia dilatada, referencia para Atlantic en los setenta y tan acogedor como la sala de espera de un dentista. A estas alturas la hemorragia con su productor era evidente. Dylan reclutó a una serie de músicos en los que confiaba, ases del calibre del batería Jim Keltner y el teclista Jim Dickinson, socios como Augie Meyers, compañeros del directo como Duke Robillard, David Kemper y Winston Watson. Lo que vino a continuación, documentado ahora de forma exhaustiva, tiene costuras de leyenda. Entre las paredes acolchadas del estudio escupe sangre un grupo de músicos fascinado e incómodo, sometido a la presión irresistible de un líder enigmático, incapaz de repetir nada. Registraron 37 tomas como 37 disparos. Entre las revelaciones, una demoledora toma de Can’t wait, de una fiereza sencillamente extraordinaria.

Que Bob Dylan no estaba dispuesto a convertirse en un acto nostálgico quedó claro desde el principio. Que su última etapa sería impagable, a una edad en que sus colegas generacionales ejercen como caricaturas de su yo juvenil, iba a resultar evidente a partir de Time out of mind. Una avalancha de música incandescente, profunda y turbadora, que gracias a la mercurial Fragments puede saborearse en todo su oscuro esplendor.

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