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“No sentía el cariño de mi madre. Me pasaba los días llorando”

«No tenía a nadie en quién apoyarme. En el instituto sufrí acoso escolar y lo pasé fatal. Se metían conmigo siempre por mi físico, por cómo soy y por todo, y en los recreos estaba siempre sola y sin nadie. Repetí dos cursos pero conseguí acabarlo, y fue entonces cuando empecé a ir a la Asociación Jóvenes Solidarios». Las palabras son de María, una joven de 24 años de Arenas de San Pedro (Ávila), que sufre una leve discapacidad intelectual y que pide que no se le cite con su nombre real.

Su caso es especialmente duro, pero sirve para ponerle nombre a un problema que afecta a cada vez más jóvenes de todos los perfiles: la soledad no deseada. El Independiente ha podido conversar con varios de ellos para que cuenten sus historias. Algunos hablan en presente del asunto, y otros como María, que gracias a la asociación conoció a un grupo de amigos y a su pareja, tienen la suerte de poder hablar en pasado. Pero todos lo hacen con una claridad mental y una franqueza que por su edad resulta sorprendente.

Amaral y Jasmina, que tienen 16 y 15 años, respectivamente, se conocieron también en la Asociación Jóvenes Solidarios. Y aunque ahora viven separadas, una en Toledo y otra en Barcelona, han conseguido mantener esa amistad. Según cuentan, las dos conocen perfectamente la sensación de soledad, pero se encuentran en puntos completamente distintos.

Amaral comenzó a sentirse sola cuando pasó al instituto y sus amigas le dieron de lado por considerarla demasiado «infantil». «Sentía que era yo sola contra el mundo. Que no tenía a nadie y tenía que apañármelas yo, que no encajaba. Como si fueras de otro planeta. Me afectaba tanto que me enfadaba con mis padres, aunque no fuera culpa suya porque ellos no podían hacer nada», asegura. En la asociación le ayudaron a ganar confianza, y últimamente se ha obligado a sí misma a forzarse a socializar para «no volver a estar como antes». No ha vuelto a sentir esa sensación.

Jasmina, en camino, aún está inmersa en ese proceso, que está recorriendo con ayuda de un psicólogo. Cuenta que se ha sentido sola de manera recurrente a lo largo de su vida, pero empezó a notarlo más desde que empezó el instituto: «Soy bastante callada, me cuesta hablar con los demás y no tengo mucha confianza. En tercero se me complicó bastante, luego mejoró y ahora estoy otra vez igual. Se lo conté a mis padres y a algunas amigas y sentía que me intentaban ayudar, pero no me entendían. Se siente mucho vacío, es como ver todo cuesta arriba y pensar que no vas a encontrar nunca la luz al final del túnel».

Ferchi tiene 19 años y nació en Nicaragua. Lleva cinco años viviendo en España, pero desde hace menos de un año se trasladó a vivir a Madrid junto a su madre, con la que nunca había convivido. Y ahí empezaron los problemas. «No sentía el cariño de mi madre. Me pasaba los días acostada y las noches llorando. Me sentía fatal, hablaba pero nadie me escuchaba«, relata. Y añade: «Nunca había buscado ayuda porque me daba cosa que pensaran que estaba loca. Pero ahora estoy yendo al Centro Joven de Madrid. Todavía es muy pronto, pero cuando empecé a ir estaba destrozada y ahora estoy mejor. No puedo decir que esté muy bien, pero sí mejor».

Gabriela, en cambio, sí tiene buena relación con sus padres. Pero contarles que se sentía sola también fue complicado. Por un lado, porque cuenta que le cuesta abrirse y mostrar sus sentimientos. Y por otro porque no quería preocuparles. «Cuando pude ponerle nombre a lo que me pasaba me tranquilizó. Es complicado pararlo si no sabes lo que es. Y cuando se lo conté a mi familia y amigos mucha gente no se lo esperaba. Aquello me hizo darme cuenta de que nadie sabía nada, y me reafirmó en la idea de que la gente me veía pero no era capaz de llegar realmente hasta mí».

Pandemia y redes sociales

«Hay claramente más jóvenes que se sienten solos. Fenómenos como el uso de las nuevas tecnologías o los cambios que trajo la pandemia les generaron alteraciones en su vida cotidiana. Y a eso se le suman los cambios sociales que nos llevan hacia un modelo tremendamente individualista y muy centrado en lo personal y en las redes sociales, que venden una vida que no es real», asegura Andrés Losada, catedrático de Psicología, profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y coordinador técnico proyecto ‘Hablemos de…Soledad No Deseada’ del Colegio de la Psicología de Madrid.

El problema ya está diagnosticado. Por eso los proyectos para combatirlo se están multiplicando. Susana Villora, psicóloga del Centro Joven del Ayuntamiento de Albacete, quiso impulsar el proyecto Aine precisamente para combatir la soledad juvenil. «Venían muchos jóvenes tristes y sin ilusión. Estaban desesperados, no tenían donde ir. Y a mí se me partía el alma, porque en muchas ocasiones no tenían ningún problema. No eran bichos raros, son chicos trabajadores, que tienen becas, son listos… Y lo grave, triste y preocupante es precisamente eso, que no les pasa nada, no tienen problemas mentales ni emocionales».

Juan Madrid, trabajador del Centro Joven de Madrid (donde también trabajan para combatir la soledad no deseada), explica que los jóvenes no son el problema, sino un «síntoma social» de algo que está pasando: «Aparentemente lo tienen todo, pero no ha habido una época en la historia reciente donde haya sido más difícil, curiosamente, vivir la adolescencia, que es la etapa de mayor transformación de nuestro ciclo vital. Necesitan seguridad y referencias, porque esa frustración les está llevando a situaciones de ansiedad, estrés y dificultad».

Aunque ahora el concepto de soledad ya está sobre la mesa y se debate y se investiga sobre él, lo cierto es que aún estamos al principio de un camino que se irá complicando cada vez más. «En España de aquí al 2050 se duplicará la tasa de soledad en todos los grupos de edad, pero especialmente en los jóvenes y las personas mayores, que en términos de productividad no interesan tanto, así que son relegados por parte de otros colectivos», asegura Losada.

Sin embargo, todos los jóvenes que pasan por esa situación coinciden en mostrar su optimismo para el futuro. «Hay que recalcar que se puede salir de ahí, porque esto lo leerá gente que estará en la misma situación en la que estuve yo. Y como persona que ha pasado por eso les digo que las cosas van a mejor siempre, tarden lo que tarden«, concluye Gabriela.

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