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¿pueden los videojuegos ocupar ese lugar?

Arquitectura, escultura, pintura, música, danza, poesía y literatura, cine, fotografía y, desde hace poco, también el cómic. Según la clasificación elaborada por el Museo Thyssen-Bornemisza, una de tantas, existen nueve artes. La posibilidad de añadir una décima disciplina (un número, no nos engañemos mucho más redondo y estético) es muy jugosa. Pero se trata de un debate tan interesante como complejo, que parte de una regla básica que es necesario aceptar: el arte es imposible de definir. Es uno de esos conceptos totalmente subjetivos, por lo que encontrar un candidato que genere consenso para ocupar ese lugar es totalmente imposible.

Sin embargo, con la idea de reflexionar sobre el asunto y lanzar más preguntas que respuestas, el Thyssen organizó un acto en colaboración con el Museo del Videojuego de Málaga para recuperar una pregunta que empezó a sobrevolar allá por 2012. Ese año el Museum of Modern Art (MoMa) de Nueva York inauguró una colección de 40 videojuegos. Y aquello provocó una oleada de reacciones de todo tipo que más de una década después sigue avivando el debate que surgió entonces. ¿Tienen los videojuegos argumentos suficientes como para pasar a formar parte de la lista sin palidecer ante el resto de disciplinas?

El escritor Juan Gómez-Jurado; la ilustradora Ana Oncina; la presidenta de la Asociación Española de Desarrolladores de Videojuegos, Valeria Castro; el director del área de educación del museo Thyssen, Rufino Ferreras y el moderador de la charla, el periodista Santiago Bustamante (que ejerce también como director del Museo del Videojuego) coincidieron en que los videojuegos tienen la envergadura suficiente para ser catalogados como un arte. Pero el aparente consenso inicial fue desnudándose poco a poco en mil y una perspectivas diferentes.

«Lo que se puede crear desde cero para expresarse y el público puede disfrutar es arte. Y con esa definición los videojuegos lo son, aun siendo un sector muy joven», comentó Castro. «Deberían ser el décimo arte, porque aúnan todas las demás, desde la arquitectura a la narrativa o la música», continuó Oncina. «El arte es la traslación a una manera de expresión en formato de experiencia humana. Es la capacitación de una forma de expresión. En última instancia, si es capaz de emocionarte es arte», añadió Gómez-Jurado.

Todos señalaron como el factor clave la interacción y la capacidad inmersiva tan potente que tienen los videojuegos. Un rasgo que cobra especialmente importancia en aquellos que son mundos abiertos, donde te metes en la piel del personaje y puedes explorar y tomar distintas decisiones que te llevan a lugares diferentes. En ese punto consideran que el jugador se convierte en «cocreador» del juego, construyendo sus propias experiencias, moviéndose por sus propios sentimientos y sintiendo realmente las consecuencias de sus actos.    

Otro de los puntos clave que hace especial a los videojuegos son los tutoriales que incluyen. Porque debajo de ese manual de instrucciones básico se esconde la voluntad de querer ponérselo fácil a las personas que quieran entrar en este mundo, y sobre todo a aquellas que lo hacen por primera vez. «Son el único arte que te enseña a apreciarlo. El Quijote no tiene tutorial, nadie te lo explica, pero cuando entras a un videojuego sí tienes uno. Y el juego es mejor en función de cómo el tutorial suelta rápido a los jugadores que ya saben y enseña a los que no», señaló Gómez-Jurado. «Es algo importante, porque necesitas educación. Más allá de que si empiezas a jugar de adulto quizás vayas a ser más patoso que si lo hiciste de niño», añadió Castro. 

Precisamente el escritor dio con otro punto interesante. ¿Es justo poner al mismo nivel a todos los videojuegos y elevarlos, por tanto, de manera conjunta a la categoría de arte? El autor piensa que no: «Todos los videojuegos no son arte al igual que todas las películas no lo son. Battleship, aquella de Rihanna, no es arte. Ni tampoco Ghosted, la nueva peli de Ana de Armas, que es un coñazo». Minutos después trazó una comparación similar entre el Super Mario y el Fifa, aunque después de la pregunta de uno de los oyentes acabó admitiendo que, quizás, valoraba unos videojuegos más que otros simplemente por su gusto personal y los recuerdos y experiencias que tiene con ellos. 

El reciente éxito de la serie de The last of us, basada en el videojuego homónimo, ha servido también para ejemplificar el cambio de paradigma que se ha producido últimamente. Ahora son las otras artes los que beben de los videojuegos, que están consiguiendo permear en ellas. «Para mí lo único que les falta es rebelarse contra el sistema, llevarle la contraria, como han hecho otras artes que se han enfrentado a eso y han tenido más incidencia», comentó Ferreras, que se mostró crítico con la idea de considerar a los videojuegos como un producto necesariamente educativo. 

Los cinco coincidieron también en el diagnóstico del principal problema de los videojuegos y de toda la industria que los rodean: hay mucha gente que aún no los entiende, y algunos de ellos son los responsables de crear los marcos legales y jurídicos que deben regularlos. «En los cuatro años que llevo como presidenta de la asociación nos han ayudado más que nunca y han tenido también más interés que nunca. Pero sigue habiendo mucha gente que no lo entiende. Y ha sido un poco caótico, porque en este tiempo hemos tenido tres ministros de cultura. Cada vez que se conseguías explicárselo y estaban cerca de entenderlo cambiaban a otro. No hay manera de que vean los videojuegos como algo valioso», explicó Castro.

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